Una Misa Hispana en Notre Dame

Hace casi un año fui a visitar la iglesia católica de Notre Dame junto con Brenda Salinas, la pasada editora de Nuestras Voces. El motivo era entrevistar al padre John Paddock sobre una nueva misa en español que la iglesia iba a ofrecer todos los domingos a la 1:00pm. El padre fue muy amable con nosotros dos, y una semana después publicamos aquella entrevista en forma de narrativa.

Sin embargo, no fue hasta este domingo pasado que decidí volver a Notre Dame a celebrar la misa en español. El propósito era de nueva cuenta escribir un artículo, pero en esta ocasión nuestro enfoque caería sobre la reacción de la comunidad hispana local ante la renuncia del Papa Benedicto XVI.

Entré por la puerta principal y me fue imposible no apreciar la grandeza de aquella estructura a la que había entrado. Escrituras en latín adornaban el interior del domo en el techo, y dos o tres estatuas permanecían, inmovibles, en los rincones del edificio. Estando actualmente tomando un curso de Arte Occidental me sentí tentado a tratar de identificar el periodo/estilo en el que la iglesia había sido construida, pero debía de enfocarme en lo que se diría durante la misa.

Y claro, ya acabados los himnos, cuando el padre comenzó a hablar, el primer tema del día resultó ser la renuncia de Benedicto.  El padre, hablando con un acento distintivamente sudamericano, trató de hacer sentido de aquella decisión tan inusual. ¿Cómo explicarla? El primer instinto de cualquiera nos guiaría a su edad. Muy difícil guiar y administrar la congregación de cristianos más grande del mundo a los ochenta y cinco años.

La explicación del padre se basó en parte en la edad de Benedicto, y expuso un comunicado que se ha estado repartiendo en los últimos días a través del Internet. Aquel comunicado no fue escrito por la iglesia católica sino por un joven de veintitrés años quien asumo ha decidido permanecer anónimo. El título del artículo es ‘¡Siempre renuncias, Benedicto!’ En aquella pieza, aquel joven redujo la decisión del Papa a dimitir a una cuestión de humildad, en sus palabras: ‘Un Papa que renuncia a su pontificado cuando sabe que la Iglesia no está en sus manos, sino en la de algo o alguien mayor, me parece un Papa sabio.’[1]

De acuerdo a esta lógica, el Papa debería de ser alabado por su decisión de soltar las riendas de la iglesia al ver que ya no le tocaba guiarla, y quizás sea así. A pesar de que este tipo de cosa no se ha dado en 600 años, me interesaba mucho más ver que sucedería alrededor de mí.

A mi alrededor vi a quienes Benedicto XVI (y en una época reciente, Juan Pablo II) ostentaban guiar. Habían 20 personas frente al altar, la mayoría mujeres, dos o tres niños, y el mismo número de hombres.  Era una representación pequeña, y asimétrica de la comunidad hispana de Morningside Heights, pero al mismo tiempo, valía considerar que aquella pequeña congregación llevaría por lo menos un año asistiendo a aquel servicio.  Independientemente de qué había sucedido con el Papa, sus vidas seguirían. Esto lo veía reflejado en sus expresiones: pacíficas, calmadas, esperando la hora del almuerzo al salir de misa.

A pesar de su tamaño minúsculo, la congregación (y por extensión, la iglesia) seguía existiendo. El Papa cambiará, pero aquellos feligreses junto con sus iglesias de piedra y sus estatuas inmovibles, permanecerán.

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