Un malestar en la cultura

Admito que el frío así como el anochecer prematuro hace oscilar mi afinidad por la ciudad de Nueva York. Admito que no puedo desligar por completo mi estado anímico de lo que escribo, mas pretendo hacer manifiesto mi desencanto con la cultura “americana”. Se me hace fácil prever que algunos estadounidenses piensen: “tú no eres más que un latino envidioso de nuestra prosperidad y de nuestros $15 billones de PIB (GDP en inglés), y por eso osas criticar”, a lo cual respondería que a pesar de que he vivido ya por tres años y medio en esta ciudad que se proclama como sede del mundo, algo elemental me ha faltado.

No son meras cuestiones de nostalgia; me refiero al sinsabor que deja en uno la cultura que llamaré “anglo-sajona” con respecto a la latina. Este contraste se ha evidenciado tanto en la cultura popular hispana como en la literatura temprana del siglo XX. Quizá no he vivido a fondo; quizá no he sentido aún el pulso de los Estados Unidos, pero por ahora mi sentir halla eco en algunos versos de la canción “No hay marcha en Nueva York” de la agrupación española Mecano:

Un fundido en negro y después/ plano picado al revés/ de rascacielos/ y yo allí dispuesto a triunfar/ como San Juan de la Cruz/ en el Carmelo…Ya estoy en Nueva York/ y no le veo buen color…tampoco he visto ningún actor… No hay marcha en Nueva York/ ni aunque lo jure Henry Ford…Pensé que iba a estar mejor./ Que te comen el coco con los telefilmes/ pero es un ardid/ y estoy loco/ por irme a Madrid.

La canción con su compás lento y tristón y con el uso de la clave menor acompaña a una voz narrativa cargada de desilusión. Esta llega a Nueva York entusiasmada por ver los rascacielos y por todo lo que ha visto en las películas sobre Nueva York y se “disponía a triunfar como San Juan de la Cruz en el Carmelo”. Esto último hace referencia a la obra “Subida al Monte Carmelo” (1578) del poeta místico San Juan de la Cruz en la cual éste describe cómo el alma busca una unión perfecta con Dios. La voz, en un sentido secular, no encuentra su “Monte Carmelo” en Nueva York porque se da cuenta que el bien material en sí no sacia, sino que distrae del fin más noble de lograr la plenitud de ser, la cual le era más accesible en Madrid. Por extensión la crítica va dirigida no sólo a Nueva York, sino a los Estados Unidos en sí, al “sueño americano” tan deseado y a la cultura que mueve a esta inmensa nación.

La crítica se agudiza y se hace más explícita en “Sol forastero” de Miguel Bosé:

Bajo un sol forastero, un forastero seré.\ Bajo un cielo negro, negro extranjero hablaré.

Pero qué mito ¡hey! Qué barras ni que estrellas.\ De qué me hablas chica mira que te ciegas.\ Pero qué libertad, qué clase de cultura.\ Pero qué presidente ni qué rascacielos.\ Pero qué sociedad que vive sin camelos…Pero qué coño dices mira cómo comes.

La vida allá es triste: se duerme poco, se gasta mucho y se come ese pan de alpiste. Bajo un sol forastero.

Aquí la voz narrativa trata de convencer a cierta chica de que desista de sus ilusiones con los E.E.U.U. Insiste en tachar la bandera americana y el concepto de “libertad” que tanto se tergiversa en los E.E.U.U. Reconoce que esta sociedad es imponente con todo su poderío y sus rascacielos monumentales, pero falla en lo fundamental: en la cuestión de vivir bien y de estar en sintonía con la vida.

Aunque en estas dos canciones está claro que las voces narrativas advierten de cierto “malestar” en la cultura estadounidense, les falta un poco de precisión y que nos digan exactamente cuáles son los aspectos que causan ese “malestar”. El escritor uruguayo, José Enrique Rodó, en su ensayo Ariel (1900) busca articular un ideal para la cultura hispana ante la cultura “nórdica” ya que para este tiempo el continente se veía amenazado por el imperialismo de los E.E.U.U. que recientemente habían triunfado en la Guerra Hispano-americana (1898). Rodó toma prestado a los personajes Ariel y Calibán de The Tempest y asocia a la cultura hispana con Ariel, que representa a la parte noble y alada del espíritu, mientras que asocia la cultura nórdica con Calibán que representa el materialismo.

Las preocupaciones principales de Rodó respecto a la cultura nórdica lo son el utilitarismo y la híper-especialización. En la página 29 él dice: “Antes de las modificaciones de profesión y de cultura está el cumplimiento del destino común de los seres racionales” añade que “el fin de la criatura humana no puede ser exclusivamente saber, ni amar, ni sentir, ni imaginar, sino ser real y enteramente humana… y que el ideal debe ser ofrecer en cada individuo un cuadro abreviado de la especie” Esto él lo dice con la sociedad estadounidense en mente la cual caracterizaría como una “desequilibrada y parcial” y más adelante en la página 30 critica de ella su “vulgarizado concepto de la educación que la imagina subordinada exclusivamente al fin utilitario [y que] se empeña en mutilar, por medio de ese utilitarismo y de una especialización prematura, la integridad natural de los espíritus”.

Rodó nos hace sus planteamientos en el plano teórico, pero el “achicamiento del espíritu” que describe como debido a la especialización y el utilitarismo yo lo he presenciado en práctica. Un compañero de la universidad me dijo una vez que “mientras él pudiera practicar su vocación, mientras él pudiera consumir, comer y utilizar su “iPad”, su existencia sería plena” a lo cual respondo: y qué de la familia, de los amigos, de la justicia, política y el arte: en fin todo lo que conlleva ser humano; ¿te vas a desentender completamente de ello? Yo no veo su aseveración como una de humildad, sino como producto de una educación y cultura con tanto énfasis en la especialización y en los valores utilitarios que conducen a una existencia ensimismada y trunca.

Como estudiante de economía me molesta la correspondencia que demasiadas veces se traza entre la utilidad, ingreso per cápita y el bienestar de un pueblo; la teoría microeconómica supone que mayores ingresos permiten que los individuos accesen niveles más altos de utilidad y por ende, de felicidad. Por eso me pesó mucho cuando cierto economista distinguido fue invitado a una de mis clases el año pasado y calificó como “virtud” las actitudes de Alemania y los E.E.U.U. ante los países del Mediterráneo (Grecia, Italia, España) por estos últimos no tener la misma productividad ni disciplina fiscal. No sólo eso, sino que en su retórica utilizó el acrónimo “PIGS” (Portugal, Italy, Greece, Spain) muy adrede para referirse a estos países. Para mí él demostró padecer de un caso grave de miopía respecto a qué constituye el bienestar de un pueblo. Claro, índices como ingreso per cápita y tasa de desempleo son importantísimos, pero conceder que eso en sí resume la virtud y bienestar de un pueblo es un simplismo.

Si algo podemos aprender de Mecano, Rodó y Miguel Bosé es que debemos salvaguardar nuestra integridad como seres humanos y que la virtud, la felicidad y el bienestar del individuo y de un pueblo es algo mucho más fundamental que cualquier precepto utilitario.

Fuentes:

Rodo, José E. Ariel. Madrid: Editorial Lux, 1918. Babel.hathitrust.org. Web.

“Sol forastero”, Miguel Bosé/ Ferrario/ Grilli

“No hay marcha en Nueva York”, José María Cano

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