Indentidades, Voces

Escrito por Ricardo Alatorre

Por lo general, cuando conoces a gente aquí en Nueva York, le hablas en inglés. Parece ser lo más lógico. Habiendo tenido la suerte de crecer en un hogar con recursos y un amor al estudio, aprendí a hablar este idioma desde que era muy pequeño. Al ver Nickelodeon, Cartoon Network, y the Discovery Channel en México a través de una televisión con servicio de satélite, aprendí no solamente la gramática de este idioma foráneo, sino también el acento neutral del medio oeste de los Estados Unidos. Cuando hablo con alguien aquí por primera vez, es necesario identificarme explícitamente como un mexicano. De otra manera, aquella identidad pasa desapercibida. La gente supone que soy estadounidense. Si resulta que me escucharon hablar español, suponen que soy latino. No me identifican.

De hecho, es muy fácil salir del área inmediata de Columbia y solamente manejar el español, sin tener muchos problemas de comunicación, o tener un declive en tu calidad de vida. Muchos (quizás la gran mayoría, aunque no pretendo conocer las cifras) de mis compañeros no manejan el idioma, así que no me creen cuando les digo que el momento que cruzo aquella reja sobre Broadway, soy capaz de imaginarme de vuelta en Monterrey, salir a comer, y decir ‘gracias’ sin intentar de ser gracioso.

Creo que lo elemental es con quién escojo hablar cuando se trata de lo fundamental. Hablo de cuando ando buscando comida, despensa, ropa, direcciones, algún servicio básico. El hecho es que detrás de cada fundamento, detrás de todo lo que hace la vida moderna en Nueva York posible, parece haber una persona hispanohablante.

Esta observación me presenta la siguiente pregunta: ¿es posible hablar de una contribución ‘latina’? ¿Acaso hace sentido escribir uno de esos artículos que celebran aquella identidad, argumentando que ‘nosotros’ hacemos NYC una realidad?

La palabra ‘latino’ a veces me detiene. Entiendo por qué existe. La gran mayoría de los hispanohablantes de Nueva York son descendientes de aquellos que viven o vivían en las viejas colonias de España, la región entendida como Latinoamérica. A gente de ahí les llaman latinos. Quizás no sea el significado completo de la palabra, pero así se entiende. El problema es que no tiene sentido como identidad personal.

Cuando hablo con extraños en español, no soy totalmente capaz de identificarme con ellos. El orgullo transnacional del cual tanto se habla en la televisión y en discursos políticos, aun cuando es tan común como una idea, es difícil de digerir. Aunque el idioma nos une, es simplemente el mínimo común denominador. Es el punto de partida. No sé si la persona que tengo frente viene de Montevideo, Oaxaca, o Brownsville, y por lo mismo no voy a pretenderlo. Cuando hablo con alguien en español, algún tipo de respeto me detiene. Siento que nos damos miradas que dicen ‘No sé de dónde vienes, pero que más da.’ La interacción puede ser cordial o cálida, dependiendo de nuestras ganas de hablar nuestro idioma, pero no existe la predeterminación personal que se presenta cuando me identifico como ‘latino’ en una encuesta.

Muchas veces se ha hablado de una diáspora latina, pero en muchos casos se habla de aquella diáspora en un contexto de fractura, en un contexto que regaña a su audiencia por no conocer las diferencias entre un argentino y una colombiana, o que insiste que la división política de Latinoamérica es el resultado de las maquinaciones de los poderes norteños. Si tienes suerte, te topas con aquel tipo de plática que habla sobre la diversidad como un bien social, pero siento que tenemos que ir más allá que convencernos que nuestras diferencias en sí tienen que ser celebradas como si fuesen fantásticas variedades de salsa.

La ‘diáspora’ tiene que ser entendida no como la causa de una identidad fracturada, sino como un síntoma de variedad y versatilidad. Los hispanohablantes no somos una gente, ni una etnicidad, ni un credo. Hay varios mundos, varias historias, varias voces. A veces chocan, rara vez están en armonía. Que no se hable de un ‘voto latino’; hay un voto mexicano, un voto cubano, un voto guatemalteco. Un Julián Castro no tiene mucho que ver con un Marco Rubio. Si soy capaz de vivir en español cuando estoy en NYC, no es gracias a la contribución cultural latina. No hay una sola contribución. Está la de los mexicanos, la de los argentinos, la de los uruguayos. No es nuestra identidad, o nuestra voz. Son nuestras identidades, y son nuestras voces.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s