Mancha de plátano

Escrito por José C. Font

Cursaba mi primer año en Columbia y tenía que hacer un proyecto sobre los murales de la ciudad. Una amiga me recomendó que entrevistara a cierto artista de descendencia puertorriqueña. Cogí el tren y llegué a su taller. Sonaba la salsa; él fumaba un cigarro. Me le acerqué, me presenté y le dije que lo quería entrevistar para el proyecto. Luego, como modo de romper el hielo, quise preguntarle que si era puertorriqueño. Entre personas que se identifican como puertorriqueños la declaración de que uno es puertorriqueño provee química instantánea y es la ruta más fácil al congenio. No es broma; en varias ocasiones dueños puertorriqueños de tiendas me han dado descuentos tras identificarme como tal y conversar con ellos.

En aquel caso, sin embargo, la palabra mágica falló; no hubo conexión. El dijo que no quería que lo identificara de esa forma. Varios juicios pasaron por mi mente: “¿habré rayado en lo políticamente incorrecto?”, “qué comemierda; sólo busca una excusa barata para negar a su propia nación (para ese tiempo yo atravesaba por una fase nacionalista)”. Después de ese traspié hablamos un rato, pero él seguía poniendo “peros” y sentí que no le gustaba la idea de la entrevista. En fin, no lo entrevisté. De él nada aprendí sobre los murales, pero me quede pensando sobre por qué habría negado la identidad puertorriqueña y me hizo considerar cómo figuraba la puertorriqueñidad en mí como individuo.

¿Qué motivos tendría un individuo para no querer aplicarse un término? Considero algunas posibilidades. Él quizá no habría tenido una experiencia que le diera relevancia a la palabra “puertorriqueño” o tal vez sentía que al aplicarse el término se oprimía su individualidad. ¿No te ha pasado que cuando tú mismo o alguna otra persona te “pone una etiqueta en la frente”, te empiezas a comportar conforme a lo que se asociaría con esa etiqueta? La verdad es que etiquetas como “puertorriqueño” pueden pesar sobre nuestra individualidad especialmente cuando el término ha absorbido antipatías y estigma a medida que el puertorriqueño ha buscado integrarse al tejido de la sociedad americana desde una posición de desventaja relativo a las clases dominantes de E.E.U.U. A veces uno quiere echar todo ese bagaje socioeconómico a un lado y que se le considere sin el filtro de los estereotipos, como individuo, pero siempre hay quienes le plantan la etiqueta en la frente a uno y con la intención de privar o excluir; de esta narrativa no siempre es fácil escapar. La dinámica socioeconómica desvirtúa la identidad cultural y muchas veces nos deja sin espacio para “ser”. No nos deja catar el fruto cultural.

En su esencia creo que la identidad puertorriqueña es el tener un sentido de fraternidad con ese grupo de gente, pero eso no tiene que prescribirte un modo de ser o pensar. Por ejemplo en “Insularismo” (1934) Antonio S. Pedreira intenta describir la psiquis puertorriqueña:

El clima nos derrite la voluntad y causa en nuestra psicología rápidos deterioros. El calor nos madura antes de tiempo y antes de tiempo también nos descompone. De su enervante presión sobre los hombres viene esa característica nacional que llamamos el aplatanamiento. Aplatanarse, en nuestro país, es una especie de modorra mental y ausencia de acometividad.

Puede ser que esta observación fuera legítima, algo común en la población, pero yerra al describirla como producto de unos factores (clima y en otras partes del ensayo, raza) que están fuera de nuestro control; se vuelve algo rígido y tiene el efecto de perpetuar el modo de ser que describe. Esto es dañino.

Me voy a limitar a decir que en mi caso la sustancia de mi identidad proviene de mi experiencia continua con otros puertorriqueños y es algo que se intensifica con la impresión que ha dejado en mí el entorno natural de Puerto Rico, cosa que no es necesaria para sentirse puertorriqueño; estas cosas se pueden transmitir a través del lenguaje. Verdaderamente, hay quienes jamás han pisado el suelo de la isla y se sienten más puertorriqueños que los que nacieron allí.

El que se siente puertorriqueño se dice que lleva “la mancha de plátano”. Si tienes descendencia puertorriqueña y no te sientes puertorriqueño, nada te obliga a sentirte de esa forma. Si resulta que llevas mancha de plátano, lúcela; come a tu gusto del fruto de la cultura, pero no te aplatanes.

 

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